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Crítica de cine: Caché, de Michael Haneke
Crítica de cine: Caché, de Michael Haneke. Por Ignacio Cid Hermoso.


Es difícil explicarlo sin recurrir a lo que mejor conozco, y por eso comenzaré esta crítica diciendo que el cine de David Lynch (englobando en esta definición toda forma de hacer cine con ese particular halo mágico, críptico, con mayor significación íntima que significado explícito) es de una inteligencia complementaria al cine de Michael Haneke. Lynch nos hace regurgitar sus productos para que podamos encontrar en ellos las claves que nos hagan comprender algo que no necesita ser explicado ni comprendido, pues lo que importa realmente es la angustia, la magia y el estadio de surrealismo que experimentamos al hacerlo; mientras que Haneke, por su parte, se limita a exponer una situación a partir de la cual sucederán una serie de acontecimientos que nos querrán dar a entender algo que jamás se nos contará. Es por tanto un romántico, un artista de los que no quedan, que apuesta y confía ciegamente en la inteligencia de su público, posiblemente porque sabe que solo podrá llegar a cierto sector minoritario que esté en su onda de pensamiento y sensibilidad. Su cine es descarnado, pero no por ser especialmente crudo en pantalla, sino por tener esa desconcertante cualidad de hacernos retorcer incómodamente en nuestras butacas mientras lo vemos, quedándosenos pegado al paladar una vez acabamos su visionado. Y aquí, en esta película más que en ninguna otra, Haneke nos hace sentir culpables por ser lo que somos, por vivir en un estado de bienestar (cabe decir que esta película es anterior al período de crisis que estamos atravesando) como pueden ser Francia, España, Austria, Alemania... y por ende haber adquirido esa inquietante forma de vida basada en la monotonía y la falsa seguridad del cobijo familiar. No es ningún juez, sino un ojo clínico y de extremada frialdad que genera en nosotros la alarmante necesidad de ser juzgados. De hecho, nadie puede quedar indiferente ante tales ''acusaciones'', ni el mismísimo creador de esta obra. Haneke enfoca la clase media-alta francesa del siglo XXI como ejemplo generalista cercano a su experiencia, para que un espectador español como yo lo pueda extrapolar a su propia experiencia personal (al menos a su ámbito social) y así nos demos cuenta de que ese pacto de convivencia basado en la ocultación de información que es la familia, solo puede funcionar de la dudosa forma en que de hecho suele hacerlo. La familia típica europea que nos propone Haneke es por tanto una suerte de acuerdo en el que ambas partes han tenido que ocultar u omitir información para no confrontar continuamente y permitir que la rueda siga girando. No se basa tanto en la solidez del amor como en la confortabilidad de no tener que hacer preguntas, de saber que todo marcha bien mientras haya trabajo y sus miembros estén ocupados, pues el tiempo en que tengan que coincidir lo rellenarán con asuntos banales que no podrán hacer ningún daño a la estabilidad que tan poco se menciona, pero que tantos estragos puede causar si se tambalea y se acaba perdiendo. Y Haneke es experto en hacer tambalear cimientos familiares.

Su historia parte de lo que posteriormente podríamos considerar como McGuffin, pero que es en sí mismo una argucia de incontestable genialidad para mantener la atención de su público: una familia aparentemente normal que un buen día comienza a recibir grabaciones de su domicilio (de nuevo una similitud con el cine de Lynch, más concretamente con Lost Highway), acompañadas de amenazantes y extraños dibujos infantiles. Haneke nos va enseñando sus cartas lentamente, y con el paso del metraje nos vamos dando cuenta de que efectivamente no tenía ninguna intención de hacer un thriller, aunque de alguna manera logre funcionar también como tal. Al contrario que en una película americana a las que tan penosamente estamos acostumbrados, la estrambótica e inquietante situación que vive este matrimonio (Daniel Auteuil casi parece actuar como si no supiera que le están grabando, mientras que Juliette Binoche confirma su estatus como musa de genios) no les une en contra de esa perturbación exterior, sino que les enfrenta y confronta, sacando a relucir sus secretos, esos pequeños datos omitidos que hacían posible que la rueda girase; si bien es cierto que finalmente vuelven a unirse, pero para evitar que la verdad que intuyen salga a flote y acabe con su preciada farsa (veamos ahora ''Una historia de Violencia'', de Cronenberg). Con suma inteligencia, Haneke lleva esa situación familiar al plano nacional, convirtiendo su cinta en un alegato a la culpa: viene a decir algo así como que quizá la mejor manera de darnos cuenta de nuestra propia inoperancia ante las injusticias que suceden en el mundo sea sacándonos violentamente de nuestra seguridad cotidiana y enfrentándonos de manera involuntaria a la raíz de nuestros problemas. Surge así la mejor crítica puntual contra la política belicista, la indiferencia gubernamental (esa tele que permanece encendida y que nadie parece mirar), las injusticias históricas (la chispa que comenzó todo es la represión que acabó con el asesinato en el año 1961 de 400 argelinos en el río Sena), el racismo (cuyas consecuencias saldrían a relucir con los actos violentos que asolarían París un año después) y el aburguesamiento basado en un culto a la propia cultura, que no nos convierte en mejores personas, sino que agranda alarmantemente nuestra culpabilidad como personas que no actuamos para mejorar lo que sabemos que no es justo. El tema no es claro, de hecho es más bien un trasfondo temático que se basa en el cripticismo y la ambigüedad moral para darse a conocer, como un gran cuadro constituido por manchas borrosas y confusas en el que cada uno ve lo que su personalidad y su subconsciente le quiere hacer ver, proyectando así sus culpas y sus propios miedos como si de un velado psicoanálisis se tratara (recordemos que Haneke es de origen austriaco, y Austria es la cuna del psicoanálisis).

Volviendo a la película, Caché juega con la percepción del espectador (típica argucia de su creador) confundiéndonos con imágenes que no sabemos si nos están mostrando la realidad o son parte de una grabación, pues Haneke confunde los videos con la propia trama de la historia, rebobinando algunas escenas sin previo aviso, cogiéndonos desprevenidos la primera vez, creando en nosotros desconfianza a partir de entonces, haciendo que dudemos en todo momento de lo que estamos viendo. Esto provoca que estemos alerta, que desconfiemos de lo que se nos muestra, como les sucede a los propios personajes del film.

No cabe duda de que ''Caché'' es un inquietante cuento moral abierto a múltiples interpretaciones individuales, que transcurre en una dinámica de tensión hasta desembocar en un larguísimo y absolutamente genial plano final en el que todas las soluciones parecen posibles. Un plano abierto en el que definitivamente constatamos que la intención del director era clavarnos esa aguja de culpabilidad en el alma y taladrarnos con la duda en el cerebro para que después nos las arreglásemos nosotros mismos, pues en absoluto son problemas que nos sean ajenos y tengan que ser resueltos por otros.

Spoilers

En esa toma final, uno puede ver que el problema se heredará a las generaciones posteriores; otros, sin embargo, querrán ver lo contrario, y su fe en la raza humana les remarcará el trato afable que parece existir. La sonrisa en los labios del hijo de Majid, los gestos de cordialidad... les llevarán a pensar que posiblemente las nuevas generaciones ya estén preparadas para aceptar el cambio y asumir la culpa. Este sería el final esperanzador. No obstante, tampoco parece descabellado (pues así parece insinuarlo el propio Haneke) que esa secuencia final nos desvele que ambos chicos hubieran actuado compinchados, o que el hijo de Majid hubiera convencido a Pierrot con malas artes para llevárselo a algún lugar y hacer realidad los miedos que durante la cinta resultaron infundados cuando este desapareció. Y sin embargo, lo mejor de todo es que otros ni siquiera verán nada, pues Haneke colocó a los actores de tal forma que resultara factible la indiferenciación de los protagonistas entre la multitud, actitud con la cual deja de manifiesto su intención de crear algo que se sobrepusiera a la definición misma de final abierto, pues es toda la historia en sí una fabulosa demostración de virtuosismo cinematográfico que nos desnuda y deja al aire nuestras vergüenzas morales.

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